No responsabilices a la vida

Eres el resultado de tus propias desiciones y errores, no responsabilices a la vida o al destino por ello.

 

-B

 

 

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Aceptar y comprender la subjetividad del Otro

¿Qué has aprendido después de tanto tiempo?

Acaso lograste aprender a dejar las expectativas originarias de constructos basados únicamente en una realidad insuficiente…

Nacemos, aprendemos y nos moldeamos en base a un contexto casi determinante. Asimilamos nuestra realidad desde una perspectiva personal muy limitada. Y a veces, solo a aveces, olvidan enseñarnos que no existe una realidad exacta, y que lo importante no es lo objetivo, sino aceptar y comprender la subjetividad del Otro.

 

-B

¿Cuántos malos ratos teníamos que pasar para aprender a asumir?

¿Quién nos quitó ese gran peso que nos dejó nada más que una incapacidad para tolerar?

¿Qué es a lo que nos aferramos que no nos permitimos soltar, dejar atrás?

 

-B

Una idea mal comprendida

Perdidos en la idea de un destino, de una fuerza superior que posee la vida misma sobre nuestro futuro. ¿Era más fácil así? Aceptar que solo nosotros mismos cumplimos un papel imprescindible en nuestra existencia es más complicado que dejar todo el peso sobre el destino. Una responsabilidad con carga casi infinita que recae en nadie más que en uno mismo. Un destino que no se encargará de quitarnos o ponernos lo que necesitamos.

Una idea mal comprendida.

 

-B

Me puse debajo de una idea, de una abstracción creada en mi imaginación, sin darme cuenta. Con la incapacidad de aceptar que no había un solo centímetro análogo en ello, en mi.

Una mera compulsión sin objeto ni sentido. Así, sin más.

 

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Microrrelato. Extracto de un libro que jamás escribiré. III

Watch closer

Nunca se preguntó qué había hecho mal. Y eso simplemente porque tenía le certeza de que ella no había tenido la culpa. Eso lo sabía. Ni siquiera había una razón para  detenerse a pensarlo.

Con una sonrisa demasiado grande suspiró, sonrió, y tomó un trago a su bebida mientras  pensaba lo increíble que era al haber dominado el arte de dejar ir. Sentía que había logrado lo que no cualquiera logra, casi podía sentir la sabiduría en su piel que le había dejado aquella experiencia.

So naive, so childish. Oh, dear…

Pensó que un día había logrado levantarse más positiva, más feliz, y que con aquello automáticamente ya había dado el gran paso: ya no lo necesitaba más, había logrado dejar ir a quien no quería estar en su futuro. Tenía la base del conocimiento, pero ciertamente se había perdido al profundizar, no lo logró comprender realmente. Así no era.

Perdida entre una supuesta felicidad, risas, euforia, amigos, pensó que había ganado.  Había logrado concentrarse únicamente en el aquí y ahora, olvidando todo su pasado. Pero eso tampoco lo comprendió. Se perdió en la superficialidad de un pensamiento meramente complejo que no estaba a su alcance mental. No existe el olvido. 

Se detuvo un segundo para darle un gran trago a su bebida, al tiempo que contemplaba a todos a su alrededor. La noche apenas iba comenzando, aún había tranquilidad en el ambiente y un constante sonido de voces alegres. Todos parecían estar centrados en algo, una platica, su celular, etc. Inesperadamente, elevó la voz y gritó algo al tiempo que levantaba su vaso, para que todos allí hicieran lo mismo y se emocionaran junto con ella. Todos bebieron. Corrió para acercarse a unos amigos, los abrazó como si se conocieran de toda la vida y comenzó a bailar al tiempo que daba un trago directo de la botella de alcohol, y alentaba a que los demás hicieran lo mismo

Sonrió aún más. Aunque ella jamás se detuviera a pensarlo, aunque nadie jamás se lo llegara a mencionar, ella vivía para esos mínimos instantes. Instantes en que, por al menos algunos segundos, todos tenían su atención, todos la miraban. Ella era la razón de sus sonrisas. Sus sonrisas validaban su existencia, que por sí misma llegaba a dudar. La atención no podía significar otra cosa más que ella era importante, reconocida, querida.

Era el tipo de persona que siempre se mostraba alegre, con bastante energía, sonriendo, gritando, bailando, bromeando.  Una personalidad extrovertida, un poco “imponente”, o al menos esa era la impresión que generaba en las personas, a primera instancia, claro. Hacer amigos jamás fue un problema. Al conocer a las personas, les hablaba como si los conociera de toda la vida. Aquello en ocasiones incomodaba, pero la mayoría del tiempo atraía aún más a las personas, sobretodo los hombres. Su actitud contagiaba.

Parecía siempre estar dispuesta a todo lo que surgiera. Aquella energía era en ocasiones admirable, envidiable, intolerable, irritable. Su risa sería la más fuerte, siempre la más escandalosa. Incitaba a los demás a bailar, a que la siguieran. Seducía. Hacía como si no se diera cuenta de aquello, pero siempre era completamente consciente de ello. Le encantaba. Los hombres la seguían, la querían, pero ella haría como si no se diera cuenta. Ese era el juego, hacer creer la inconsciencia de aquello. Hacer creer.

Quizá, solo quizá, muy en el fondo de su ser, sabía que aquello era una necesidad de control, de manipulación, de afirmación incluso. Pero no, era improbable que algún día aquel pensamiento llegara a la conciencia.

Aquella persona que algún día fue demasiado cercano a ella la vio desde lo lejos cómo bailaba, cómo se reía, y cómo actuaba como si él no estuviese ahí. Cuando recibió su invitación a aquella fiesta, en seguida pensó que era una ridiculez. Pero después de preguntarse por qué había querido invitarlo a él, su curiosidad despertó intensamente. ¿Quería que la viera cómo estaba tan feliz sin él? ¿O acaso quería que viera la increíble madurez que era capaz de tener al sobrellevar todo tan bien? El rencor en ella ahí continuaba, disfrazado en unas irremediables ganas de demostrar una comprensión y aprendizaje sobre la vida misma que aún no lograba asimilar. Unas tremendas ganas de despertar en el Otro admiración y arrepentimiento por dejarla. Unas increíbles ganas de despertar una añoranza que jamás llegará…

Pero ese día había sido diferente para él. Ahora veía todo mejor. Ahora parecía comenzar a comprender. Ver la situación desde el contexto en que ahora se encontraba parecía haberle abierto los ojos. Ahora la miraba, a lo lejos, con esa sonrisa demasiado grande, con ese comportamiento tan… tan… controlador, tan demandante de atención. Desbordaba en ella una irritabilidad irracional al no ver que su contexto se comporta como ella esperaba. Una metacocnigicón disminuida,  una dificultad para reconocer la intersubjetividad del Otro. Una demanda que quizá, solo quizá, jamás tendría fin. Él ahora veía aquel comportamiento en aquella persona que algún día fue tan importante en su vida, como irremediablemente carente de profundidad. Muchos la observaban y creían todo a sus ojos. Era claro, era evidente. Era creíble hasta cierto punto. Envidiable, suscitador de alegría incluso… Pero el pensamiento y conocimiento que pretendía transmitir mediante sus acciones sobre la vida, eran solamente el principio, opacado por una segura sonrisa.

Una búsqueda inconsciente de atención que en el fondo guarda un sentimiento de vacío, de un pobre reconocimiento de sí misma, de un pobre Yo, de un autoestima dañado que trata de sobrevivir al exaltarse a sí misma, una falta de integración intrapsíquica…

Una tristeza cubierta por una casi autentica felicidad.

Una felicidad mal comprendida. Así no era.

But at the end, she was only human.

 

 

 

-B

 

“La libertad interior comienza cuando tomas tres decisiones vitales en tu vida: no dejarte manipular, quererte a ti mismo, y ser afectivamente independiente”.