No estamos aquí para sentir culpa

No estamos aquí para vivir con culpa, para vivir arrepentidos ni para cuestionarnos si el modo en que sobrellevamos situaciones pasadas fue la adecuada o no. Quizá estamos aquí para aceptar que no existe una respuesta clara y definida a cómo debemos responder ante determinadas situaciones. Somos dependientes de las circunstancias, de nuestras emociones y la intersubjetividad de las relaciones sociales en las cuales nos encontramos rodeados.

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Equilibrio mental

El equilibrio mental no es sinónimo de “felicidad pura”. Es vivir comprendiendo que las emociones negativas también son normales y buenas. La felicidad es vivir sabiendo cómo sobrellevar cualquier tipo de emoción, vivir en el equilibrio.

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¿Cuántas personas no quieren una definición exacta de la felicidad, comprender qué es o cómo “debería de ser” para poder llegar a dicha? No sé siquiera si exista una definición que realmente lo abarque. Creo que la felicidad es una idea muy abstracta y sumamente individual. Creo que depende de cada persona, todos lo pueden vivir de una manera propia, y no está mal. Independientemente lo que sea la felicidad, creo que debe conllevar el entendimiento y comprensión de las emociones, y saber cómo sobrellevarlas. Tener en mente para qué sirve cada emoción, el fin de éste…

Divagando… sobre nada

¿Qué esperas? ¿Algo grande, algo inexplicable? ¿Quizá, algo que te mueva el mundo y tu percepción sobre el universo entero? Esperamos, y se nos escapa el tiempo, y jamás sucederá. Y muy en el fondo lo sabemos, pero no es fácil aceptarlo, así somos los seres humanos, irracionales hasta la última célula de nuestro cuerpo, irracionales hasta el último movimiento de nuestros pecados. Optamos por el camino fácil y ligero, la negación, no nos enseñan a aceptar a primera instancia lo inevitable. Nos aferramos a un deseo, con pocas probabilidades de que suceda. Disculpa si sueno pesimista, no me veo así. Creo en lo real. Supongo…

¿Qué esperamos, una situación, algo de alguien, una acción? Las circunstancias no las podemos controlar. ¿Algo de alguien? No podemos saber, ni mucho menos suponer, lo que piensa el otro. Es otro. Otra historia de vida, circunstancias, personalidad, percepciones… Ni siquiera lo quiero pensar a veces.

Soy un cliché, lo sé, lo sé increíblemente bien. Mi discurso habla claramente de un apego ambivalente. ¿Y cómo no? Mi pensamiento tan fuerte y marcado, como justificación de otros pensamientos subyacentes de la problemática, sobre la independencia y el valor casi único en los aspectos meramente interpersonales; muestran la dificultad de dependencia emocional en una relación social. Y lo sé. Y el saberlo no es suficiente, no es justificación.

Casi inevitable el ligero distanciamiento con el fin último y “justificado” de la independencia… y no esperar nada de nadie. Que, claro, también refiere a algo más profundo.

¿De qué nos habla el buscar no esperar nada de algo, de alguien más? Sí lo sé, pero me abstengo de comentarios. Y también del por qué del surgimiento de la misma.

“Un amor que no se alinea con los planetas.”

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La casualidad

“Pero, ¿un acontecimiento no es tanto más significativo y privilegiado cuantas más casualidades sean necesarias para producirlo? Solo la casualidad puede aparecer ante nosotros como un mensaje. Lo que ocurre necesariamente, lo esperado, lo que se repite todos los días, es mudo. Solo la casualidad nos habla…”

Kundera, La insoportable levedad del ser.

Como seres paradójicos 

Nos toma demasiado tiempo comprender, años, una vida entera. Y es porque jamás es fácil aceptarlo. 

¿De qué crees que se trata la vida? ¿De cumplir un objetivo específico? Jamás seriamos felices tras lograrlo. Lacan decía que somos seres que gozamos del deseo. Necesitamos siempre estar deseando algo. Y el cumplimiento del mismo solos nos otorgaría insatisfacción. Así de paradójicos somos. 

No es el fin como tal, el objetivo. Siempre es el proceso. Es lo que aprendemos con cada situación, la conciencia de ello, ya sea bueno o malo. Aprender. Buscar algo más. Despertar.

-B

Extracto de un libro que jamás escribiré

Tenía la certeza de una sola cosa en su vida, quería olvidarse de todo el universo entero, volverlo a inventar y hacerlo bien, mejor. Soñaba con comenzar de nuevo, lo anhelaba. Pero sabía que no era suficiente. Jamás era suficiente.

Aún no era fin de semana, pero no le importó, abrió una botella de vino y se sirvió una copa. Estaba ansiosa, estresada. Sentía que le faltaba el aire, tiempo, un poco de vida quizá. Se puso a caminar, dando vueltas en la sala de su casa, pensando, después tratando de detener sus pensamientos, distrayéndose, volviendo al principio de todos sus errores.

Volvió a servirse más vino. Bebió un poco más rápido. Pudo sentir cómo la ansiedad subía por todo su cuerpo, por sus brazos, su abdomen, su pecho. En ese instante, alguien tocó la puerta. ¡Por fin! Abrió la puerta y contuvo con toda su fuerza el impulso por abrazarlo. ¿Realmente lo quería abrazar? Quizá se trataba de la costumbre, del pensamiento que “así tenía que ser”. Quizá incluso en el fondo ni siquiera quería verlo. Lo miró a los ojos y se dio cuenta que estaba muy enojada con él, lo odiaba un poco, se odiaba a sí misma, al universo entero. Sí, era culpa del universo por haberla puesto ahí, por haberle puesto esas situaciones que, sencillamente, no tenía la capacidad de sobrellevar. ¿Alguien allá arriba la odiaba tanto, de verdad? ¿Por qué a ella, por qué siempre a ella?

Entraron los dos lentamente a la casa, se sentaron en los sillones que alguna vez habían escogido juntos tan alegremente. Ahora le parecían feos, de mal gusto. A ella jamás le habían gustado del todo, accedió a comprarlos al ver la emoción en su cara, nunca podía negarse con él. Nunca pudo. Pensó ahora en aquello. ¿Realmente así habían sido los cuatro años de su relación? Supuso que efectivamente así habían sido. Recordó la primera cita que tuvo con él. Ella esperaba con toda la emoción que su pequeño cuerpo le permitía experimentar. Él había tocado la puerta y lo primero que dijo es que irían a determinado lugar, a lo que a ella no le encantó del todo la idea. Pero no dijo nada. Lo había dicho con tal orgullo en su voz, como si hubiese hecho la gran “hazaña” de su vida por haber escogido el lugar más perfecto en el mundo para ellos dos.

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