Microrrelato: Hasta la insensatez

Y un día tendría que aprender que no lo podía controlar todo, que por más esfuerzo, incluso más allá de su propia capacidad, jamás sería suficiente. No se debería a una mera incapacidad o incompetencia, sino porque la realidad no respondería bajo sus leyes, ya tenía las propias.

Quiso mirar a sus ojos apenas unos segundos, hacerse presente, mantenerse en el pensamiento de su acompañante un rato mas y no desaparecer. Desaparecer.

Porque al final, de eso se trataba, ¿no? De mantenerse vivo en el pensamiento del otro. Existir ahí, no solamente en uno mismo, sino de permanecer en otra mente. Vernos a nosotros mismos en otros, para así validar nuestra propia existencia.

Pero aquellos ojos que tanto había deseado con desesperación no respondían más, quizá le miraban de reojo, pero no era lo que necesitaba. No existía manera de entenderlo de alguna otra forma más que, todo se desvanecía con el tiempo. Los recuerdos se iban desprendiendo de la piel, y las sensaciones desaparecían en el aire.

Quería gritar, estallar en desesperación, llorar y hacer todo terminar. El aire se había ido, la sangre no fluía. Una exasperación que solo podía sobrecogerle hasta la insensatez. Los sentimientos ya no tenían sentido, porque ahora todo fluctuaba más rápido de lo que podía percibir. La sensación de rabia y deseo de hacerle sentir peor de lo que alguna vez sintió en toda su vida… y el infinito amor que amenazaba con jamás irse y demandaba el lugar que antes fue.

¿Habría sido un sueño o realmente estaba gritando hasta olvidar su propia voz? Deseaba desesperadamente su atención. Necesitaba hacer algo para aparecer una vez más en el reflejo de esos ojos y permanecer ahí. Porque… porque al final, aquello aseguraba su propio sentido.

No, aquello no era amor, era sobreviviencia narcisista. La intolerancia a la sola idea de liberarle, y aceptar su propia desaparición no solo en la vida del otro, sino de sus pensamientos. Su desaparición.

-Blueberry

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11 comentarios sobre “Microrrelato: Hasta la insensatez

  1. Como bien dices, en este caso la mente tiene sus propias leyes. Resulta extremadamente temeraria la exigencia íntima de permanecer en la vida (o en la mente) de cualquier otra persona, teniendo en cuenta lo complicado, enrevesado o prohibitivo que puede llegar a ser permanecer en la nuestra. De hecho, cuando barajamos tal exigencia es cuando levantamos la barrera infranqueable entre nuestra mente y la otra, somos nosotros lo que decidimos en ese punto que la mente se separa. Dejar fluir es la garantía de seguir estando. El único modo de amar es permitir que la otra persona se ame. En fin, aquí queda una vez más mi aportación a los interesantes contenidos que propones.

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