Microrrelato. Extracto de un libro que jamás escribiré

Ali

Parte 1

 

A pesar de que todo su interior parecía estar a punto de colapsar de tanto enojo, su piel se mostraba fría, inexpresiva, casi malvada. Había pasado horas en su habitación, caminando, dando vueltas, pero tal parecía que no había nada más que pensar. Se tumbó en la cama y aguantó el suspiro tan profundo que estaba por salir. Se sentía como en una de esas caricaturas que veía cuando era una niña, dónde el personaje tenía en cada uno de sus hombros a dos personajillos pequeños, uno bueno y otro malo. Entonces, ambos le comenzaban a hablar al dibujo animado, tratándolo siempre de influenciar hacia lo que ellos creían era lo mejor. Pero, ¡Ese era el punto!, pensó. ¿Qué era lo mejor en su caso? Así como para una persona algo es lo más adecuado, para otra persona no es lo idóneo. ¿Cómo podía estar segura de quién tenía la razón si ni siquiera ella misma comprendía lo que le sucedía? Porque, tenía que haber una respuesta, debía de tomar una decisión, no las dos.

La sensación era como si hubiera una guerra en su cabeza. Pero era únicamente una impresión, porque estaba totalmente segura que no había tal guerra, solamente dos vocecillas que le pedían algo distinto, exactamente eso. Era como si su conciencia no se pudiera poner de acuerdo y tuviera dos opiniones diferentes. No podía ver el panorama, o la situación desde fuera, le era imposible. Era como si aquella escisión le nublara la vista, el razonamiento. Y su única preocupación era encontrar una respuesta en ese mismo instante,  no soportaría un día más de aquella forma.

Ali se paró frente al espejo de su habitación. Era grande, probablemente de su tamaño y le causaba una gran admiración, casi se identificaba. Ahí estaba, similar a una ventana donde alguien la podía observar tranquilamente cuanto tiempo quisiera, burlándose de ella, de su vida y desesperación. Se sentía observada a pesar que el único reflejo en el espejo eran sus propios ojos oscuros y calmados. Alguien del otro lado de ese cristal se reía escandalosamente sin poder parar, disfrutando de su desdicha y estupidez. Y no había nada que ella pudiera hacer al respecto. Siempre había sido así, y debido a esa misma razón siempre evadía voltear directamente al espejo por mucho tiempo, no permitiéndole esa satisfacción de sus ojos y posibles sentimientos. Pero en aquel instante la risa que casi podía escuchar proveniente del reflejo era insoportable, no como el resto de las veces, un poco silenciosa y discreta. Las voces le seguían hablando, pero esta vez lo hacían tan rápido que simplemente no lograba entenderlas. Quise decirles que se callaran, pero su boca solo temblaba, no podía hablar. Estaba rígida en aquel instante. Pero parecía que algo dentro de ella estaba a punto de ebullir. Así, sin más, soltó un golpe rápido y bastante fuerte para su frágil cuerpo, quebrando su propio reflejo en cientos de pedazos. Apenas hizo una pequeña expresión en su cara, pero no había sido de dolor. No, el dolor físico ya no tenía efecto en ella, lo había logrado vencer hace ya tiempo. Su expresión había sido de preocupación al, extrañamente, verse a ella misma romperse, como si hubiera adivinado cómo se sentía por dentro. No era una sola división dentro de ella, eran cientos, miles de partes rotas que quizá jamás volverían a juntarse para ser una sola.

Entonces, como si alguien la sacara de golpe de una realidad, escuchó que alguien tocaba la puerta bastante fuerte. Era su mamá y preguntaba preocupada qué había sido ese sonido tan fuerte.

-Fue el espejo, mamá.

– ¿Cómo que el espejo? –le preguntó mientras seguía golpeando la puerta, esperando a que su hija le abriera.

-Estaba tratando de mover el espejo –le respondió mientras le dejaba pasar y ver el desastre- quería ver si se vería mejor en otro lado.

-Pero “mijita”, ¿no te lastimaste? Está demasiado grande para ti, hubieras esperado a que viniera tu papá a ayudarte –Su preocupación era bastante notoria en su voz, pero sus ojos parecían decirle que no le interesaba en lo más mínimo.

-No –dijo tranquilamente mientras escondía discretamente su mano derecha detrás de sí.

-Bueno, ahorita mando a alguien para que limpie, ten cuidado, no vayas a pisar descalza los vidrios –Le dijo mientras salía de la habitación sin cerrar la puerta.

Ali se quedó ahí un momento, contemplando lo que acababa de hacer. Sintió que ya no tenía nada que la detuviera, era el momento adecuado para hacer algo al respecto y hacer notar de alguna u otra manera lo que pensaba. Sintió cómo incluso ambas voces en sus hombros la exhortaban a hacerlo. La decisión estaba tomada, a pesar de que no tenía ni idea de qué haría con exactitud. Era únicamente la certidumbre que tenía que hacerlo.

(…)

 

-B

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Era fácil decirlo

Era fácil decirlo, ¿sabes? Muy fácil.

Decir que hay que avanzar era casi tan fácil como respirar…

Pero vaya que el peso era paralizante.

Ya lo había escuchado, ¡ya lo sabía!

Quizá, era uno de los primeros comentarios que le trajo verdadera frustración.

El saber por qué hizo lo que hizo el Otro, no le daba paz.

Comprendía las circunstancias, el contexto, los antecedentes si prefieres…

Pero aquello jamás era una justificación. No, no, no.

El entender al Otro ni significa que el propio sentimiento lo acepte.

¿No era la comprensión suficiente? ¿Qué más faltaba?

¿Perdón? Aquella era una mera palabra.

Y el pasado, aún cuando lograba comprenderlo, le seguía siendo presente.

 

¿Cuándo se desvanecería?

-B

Divagando: no está bien, está evitando

“La capacidad para la regulación emocional no consiste en no sentir emociones negativas, sino en ser capaz de recuperarse frente a ellas”. 

Today, was a lovely day. Este es mi último mes en el Hospital Psiquiátrico, como practicante de psicología. Estaba en terapia grupal, cuando una paciente, compartiendo su experiencia menciona que ella siempre pensó que debía estar “bien” todos los días, feliz, sonriendo a todas las personas que se cruzaran en su camino. Hasta que comprendió que aquello no podía ser así. La verdad, me quedé con unas ganas inmensas de responderle, de decirle cómo había acertado, quise sonreírle y explicarle que la felicidad no es “estar feliz siempre” o ir sonriendo a lo largo del día, como ella creía. Quise preguntarle dónde aprendió aquello, cómo es que llegó a determinada creencia. Pero no me correspondía a mí responder, era el lugar de otro psicólogo…

Y entonces pensé en lo usual de aquel pensamiento. La sociedad nos ha vendido una idea de felicidad utópica. Inalcanzable para nosotros. Una búsqueda sin fin en base a un falso constructo social vendido por los medios. Quizá sea más complejo que eso. Si, ya he escrito sobre esto anteriormente.

Y entonces, vemos a nuestro alrededor, caminando bajo una percepción de la cual no somos capaces de advertir que se encuentra distorsionada en nosotros mismos. Todos parecen felices, todos parecen controlar adecuadamente las situaciones en sus vidas, la tranquilidad está ahí, la serenidad en sus ojos. Giras tu mirada una vez más, ves a esa persona que tienes algún tiempo de conocerla. Te da envidia aunque te moleste admitirlo, esa persona que parece tener todo en orden en su vida: camina con una tranquilidad y calma que simplemente te molesta. Sabes que esa persona es independiente y “desapegada” de todos. Su risa parece ser casi contagiosa. Y entonces te preguntas “¿Qué está mal conmigo, por qué yo no puedo ser como ellos, como esa persona?”.

¿De dónde viene todo esto?

Y quizá, solo quizá el cliché del psicoanálisis sea real, ¿no? ¿Lo podrás creer/entender?  Sí, son nuestros padres quienes de bebés son los responsables de ayudarnos a organizar nuestro mundo interno y comprenderlo. Son los responsables de hacernos comprender el mundo que nos rodea, de introyectarlo y hacerlo nuestro. Nos ayudan a darnos a nosotros mismos un sentido, un valor propio. Un sentido del yo. ¿Y cómo todo esto? en base a la relación creada entre los dos.

¿Has escuchado sobre la Teoría de apego?

El apego se refiere al vínculo establecido entre dos personas (en este caso me refiere a la del bebé y su madre, o cuidador primario). Mediante este vínculo establecido de intersubjetividad, la madre es la responsable de servir como figura de seguridad, una base desde la cual el niño puede explorar y regresar en situaciones de estrés. La madre sirve para proporcionar seguridad, así como para ayudar el niño a regularse emocionalmente, cuando aún por sí mismo no es capaz.

Existen cuatro tipos de apegos: el apego seguro, el ambivalente, el evitativo y el desorganizado.

En condiciones normales y adecuadas, cuando se da un apego seguro entre la relación diádica de la madre y el hijo, encontramos a un niño que es capaz de explorar su medio ambiente y contar con la seguridad que, si algo sucede, siempre puede regresar a su base segura. Estos niños tienen la capacidad de expresar su malestar emocional, y hacerlo saber a su madre. Por otro lado, la madre tiene la capacidad de responder empáticamente a las necesidades del niño, así como para calmarlo y regularlo.

En cuanto al tipo de apego evitativo, este es diferente. Son niños capaces de explorar libremente su ambiente, no muestran tanta angustia cuando su madre se separa de ellos y parecen incluso rechazarla y no querer que ésta los cargue en ciertas ocasiones. Estos niños no expresan en forma clara sus necesidades (puede ser que no lloren o muestren señal de malestar). En general, se ven como más tranquilos, porque hay menos signos de angustia, y protestan menos en general. Pues bien, son estos niños que aparentan un mayor sentido de independencia, y se ven tranquilos (conductas que sorprende e incluso encanta a los adultos), son en realidad un síntoma de falta de confianza hacia su figura de apego. Estas conductas tienen la finalidad de evitar enfrentarse con un fracaso al comunicar sus necesidades emocionales a su figura de apego, ya que esta no siempre está disponible o no sabe responder empáticamente. Y de adultos, ¿cómo sería su comportamiento? Pues demasiado similar.

No necesitamos controlar nuestras emociones, ni evitar sentirlas. Necesitamos saber cómo lidiar con ellas, cómo regularnos. 

Yo sé, es más complicado de lo que estoy escribiendo. Y, ¿a qué quiero llegar?

Esta mañana, con la respuesta de esta paciente, no pude evitar pensar en este tipo de personas.  Esta paciente refería que ella trataba de estar siempre feliz y no dejar que nada le afectara. Supuse que ella veía a esta gente a su alrededor, personas aparentemente felices que saben “lidiar” con todo. Pero las apariencias son tan fáciles… ¿Viene alguien a tu mente?

Son estas personas con un aire de increíble independencia. Quizá incluso presumen de estar “desapegados” de las cosas… personas incluso. Creen que eso es lo ideal, el no apego. Ven las problemáticas como algo sin significado, lo  minimizan, lo ignoran. Y hacen creer que todo está bien, que tienen una increíble madurez para superar situaciones difíciles, para “dejarlas ir”, “se las arreglan solos”. Parecen ser easy going, no buscan problemas, se alejan de ellos… Están felices. No hay emociones negativas en ellos, o eso parece. Pero así no funcionamos los seres humanos.

Debajo de esto se encuentra un increíble sentido de vacío, e inseguridad. Porque el apego tiene su otra cara: la forma en que un apego seguro establezca una relación de confianza y disponibilidad, se encuentra indisolublemente unida a la imagen de uno mismo. Cuánto se espera recibir y cuán disponible están para nosotros es una medida de cuánto uno vale a los ojos del otro, cuánto  uno merece recibir cuando necesitamos del otro.

El sentimiento de valor de estas personas puede encontrarse disminuido. El miedo a mostrar su malestar emocional viene del intenso miedo a la decepción de la respuesta del otro. Quizá lleguen a pensar que ellos, o incluso sus problemas, no valen la pena ser escuchados. El miedo al rechazo, al abandono, a la invalidación les causa una dificultad para relacionarse verdaderamente de una forma íntima, aparentando estar siempre bien…

 

Los vínculos, nos hacen quienes somos.

-B

Microrelato. Extracto de un libro que jamás escribiré

Estaba ahí, encerrada en su habitación esperando desesperadamente.  No sabía exactamente qué esperaba, quizá que pasara el tiempo, la vida, los malos recuerdos.

Trataba de ignorar sus propios pensamientos, cada vez le era más difícil. La música subía de volumen rápidamente, pero últimamente eso ya no servía como distracción. ¿Qué más la podía distraer? No quería hablar con nadie, sabía que no entendían su situación. Y si lo hicieran, eso no significaba nada, no había resultado. Ahí estaba una vez más, atrapada dentro de sí. ¿Cómo escapar de algo que está dentro de ti y te seguirá a donde vayas?

Y la respuesta es bastante clara, pero no cualquier puede tolerar la angustia ante la respuesta. No se puede escapar de nuestros pensamientos, solo queda aceptarlos.

Se levantó después de estar un buen rato acostada, se dirigió hacia la ventana y observó el exterior. Parecía que ya era algo tarde, y que el frío solo iba en aumento. Se desesperó.

No sabía cómo organizar sus pensamientos, cómo darle un sentido a todo aquello que pasaba por su mente. Era una mezcla de todo. Era enojo, frustración, culpabilidad, incertidumbre, una tremenda tristeza, vulnerabilidad y soledad; y aquello era solo el inicio. Quería encontrar un por qué, culpar a alguien. Averiguar quién detonó aquella situación aparentemente inexplicable.

Respiró hondo y se contuvo. 

Y ahí estaba su problema. Era la contención y la absurda culpabilidad por sentir todo aquello, por sentir. Eso le habían enseñado.

Supuso que el miedo era a explotar, a hablarlo con ellos y decirles todo lo que sentía, cómo habían arruinado todo, cómo era de ellos y solo de ellos la culpa. ¿cómo no habían visto en su propio hijo algo tan evidente?. ¿Cómo culparlos? Sabía que jamás había sido su intención hacer daño, sin embargo las consecuencias eran observables, y parecía no haber vuelta atrás.

Respiró hondo una vez más.  Quizá, si dejaba de pensar en ello iría desapareciendo poco a poco, pensó crédulamente.

 

 

Pour quelqu’un…

-B