Microrelato: habría que arriesgarse

Los años le habían enseñado a disimular terriblemente bien.

Era la contradicción en la conciencia. El deseo se trasmitía como indiferencia. La irrefutable necesidad de hacerse presente y ganarse ese privilegio, y la racionalidad que sugería alejarse… porque nadie está listo para el rechazo, porque nadie se arriesga de aquella forma.

Si. Definitivamente un muro intangible que separaba. Palabras formales y directas, seleccionadas cuidadosamente para no sugerir cualquier cosa que su mirada no pudiera ocultar. Un poco de indiferencia, un poco de seriedad y cuasi apatía.

¿Que tenían esos ojos? A veces no ocultaban bien.

Quizá en un momento de locura, hubiera dejado de pensar tanto y simplemente hubiera actuado. Ni siquiera habría que decirlo, porque ambos lo advertían. Un abrazo, tres besos. No soltarse.

Pero aquello solo ocurría en las películas malas que nada tienen que ver con la realidad.

Habría que arriesgarse tal vez.

Blueberry

Divagando: perdiéndonos en la subjetividad

Es fácil perdernos en las suposiciones, en una falsa y supuesta empatía, en las culpabilizaciones expuestas por una sociedad escindida.

Nos enseñaron a tomar posturas, ¿no es así?  Los buenos y los malos, la perfección y la imperfección. Un ‘deber ser casi irrealizable’. Una sociedad que jamás contó con los puntos medios de una realidad fragmentada a ratos.

Aprendimos a ver acciones y juzgar en base a ello, a tomar posturas y elegir. A señalar. A estigmatizar. A ver sin los ojos del otro.

Quizá, solo quizá, perdiéndonos en la subjetividad y aceptando la diferencia de cada ser, pudiésemos respirar en paz.

 

-Blueberry

Divagando: no está bien, está evitando

«La capacidad para la regulación emocional no consiste en no sentir emociones negativas, sino en ser capaz de recuperarse frente a ellas». 

Today, was a lovely day. Este es mi último mes en el Hospital Psiquiátrico, como practicante de psicología. Estaba en terapia grupal, cuando una paciente, compartiendo su experiencia menciona que ella siempre pensó que debía estar «bien» todos los días, feliz, sonriendo a todas las personas que se cruzaran en su camino. Hasta que comprendió que aquello no podía ser así. La verdad, me quedé con unas ganas inmensas de responderle, de decirle cómo había acertado, quise sonreírle y explicarle que la felicidad no es «estar feliz siempre» o ir sonriendo a lo largo del día, como ella creía. Quise preguntarle dónde aprendió aquello, cómo es que llegó a determinada creencia. Pero no me correspondía a mí responder, era el lugar de otro psicólogo…

Y entonces pensé en lo usual de aquel pensamiento. La sociedad nos ha vendido una idea de felicidad utópica. Inalcanzable para nosotros. Una búsqueda sin fin en base a un falso constructo social vendido por los medios. Quizá sea más complejo que eso. Si, ya he escrito sobre esto anteriormente.

Y entonces, vemos a nuestro alrededor, caminando bajo una percepción de la cual no somos capaces de advertir que se encuentra distorsionada en nosotros mismos. Todos parecen felices, todos parecen controlar adecuadamente las situaciones en sus vidas, la tranquilidad está ahí, la serenidad en sus ojos. Giras tu mirada una vez más, ves a esa persona que tienes algún tiempo de conocerla. Te da envidia aunque te moleste admitirlo, esa persona que parece tener todo en orden en su vida: camina con una tranquilidad y calma que simplemente te molesta. Sabes que esa persona es independiente y «desapegada» de todos. Su risa parece ser casi contagiosa. Y entonces te preguntas «¿Qué está mal conmigo, por qué yo no puedo ser como ellos, como esa persona?».

¿De dónde viene todo esto?

Y quizá, solo quizá el cliché del psicoanálisis sea real, ¿no? ¿Lo podrás creer/entender?  Sí, son nuestros padres quienes de bebés son los responsables de ayudarnos a organizar nuestro mundo interno y comprenderlo. Son los responsables de hacernos comprender el mundo que nos rodea, de introyectarlo y hacerlo nuestro. Nos ayudan a darnos a nosotros mismos un sentido, un valor propio. Un sentido del yo. ¿Y cómo todo esto? en base a la relación creada entre los dos.

¿Has escuchado sobre la Teoría de apego?

El apego se refiere al vínculo establecido entre dos personas (en este caso me refiere a la del bebé y su madre, o cuidador primario). Mediante este vínculo establecido de intersubjetividad, la madre es la responsable de servir como figura de seguridad, una base desde la cual el niño puede explorar y regresar en situaciones de estrés. La madre sirve para proporcionar seguridad, así como para ayudar el niño a regularse emocionalmente, cuando aún por sí mismo no es capaz.

Existen cuatro tipos de apegos: el apego seguro, el ambivalente, el evitativo y el desorganizado.

En condiciones normales y adecuadas, cuando se da un apego seguro entre la relación diádica de la madre y el hijo, encontramos a un niño que es capaz de explorar su medio ambiente y contar con la seguridad que, si algo sucede, siempre puede regresar a su base segura. Estos niños tienen la capacidad de expresar su malestar emocional, y hacerlo saber a su madre. Por otro lado, la madre tiene la capacidad de responder empáticamente a las necesidades del niño, así como para calmarlo y regularlo.

En cuanto al tipo de apego evitativo, este es diferente. Son niños capaces de explorar libremente su ambiente, no muestran tanta angustia cuando su madre se separa de ellos y parecen incluso rechazarla y no querer que ésta los cargue en ciertas ocasiones. Estos niños no expresan en forma clara sus necesidades (puede ser que no lloren o muestren señal de malestar). En general, se ven como más tranquilos, porque hay menos signos de angustia, y protestan menos en general. Pues bien, son estos niños que aparentan un mayor sentido de independencia, y se ven tranquilos (conductas que sorprende e incluso encanta a los adultos), son en realidad un síntoma de falta de confianza hacia su figura de apego. Estas conductas tienen la finalidad de evitar enfrentarse con un fracaso al comunicar sus necesidades emocionales a su figura de apego, ya que esta no siempre está disponible o no sabe responder empáticamente. Y de adultos, ¿cómo sería su comportamiento? Pues demasiado similar.

No necesitamos controlar nuestras emociones, ni evitar sentirlas. Necesitamos saber cómo lidiar con ellas, cómo regularnos. 

Yo sé, es más complicado de lo que estoy escribiendo. Y, ¿a qué quiero llegar?

Esta mañana, con la respuesta de esta paciente, no pude evitar pensar en este tipo de personas.  Esta paciente refería que ella trataba de estar siempre feliz y no dejar que nada le afectara. Supuse que ella veía a esta gente a su alrededor, personas aparentemente felices que saben «lidiar» con todo. Pero las apariencias son tan fáciles… ¿Viene alguien a tu mente?

Son estas personas con un aire de increíble independencia. Quizá incluso presumen de estar «desapegados» de las cosas… personas incluso. Creen que eso es lo ideal, el no apego. Ven las problemáticas como algo sin significado, lo  minimizan, lo ignoran. Y hacen creer que todo está bien, que tienen una increíble madurez para superar situaciones difíciles, para «dejarlas ir», «se las arreglan solos». Parecen ser easy going, no buscan problemas, se alejan de ellos… Están felices. No hay emociones negativas en ellos, o eso parece. Pero así no funcionamos los seres humanos.

Debajo de esto se encuentra un increíble sentido de vacío, e inseguridad. Porque el apego tiene su otra cara: la forma en que un apego seguro establezca una relación de confianza y disponibilidad, se encuentra indisolublemente unida a la imagen de uno mismo. Cuánto se espera recibir y cuán disponible están para nosotros es una medida de cuánto uno vale a los ojos del otro, cuánto  uno merece recibir cuando necesitamos del otro.

El sentimiento de valor de estas personas puede encontrarse disminuido. El miedo a mostrar su malestar emocional viene del intenso miedo a la decepción de la respuesta del otro. Quizá lleguen a pensar que ellos, o incluso sus problemas, no valen la pena ser escuchados. El miedo al rechazo, al abandono, a la invalidación les causa una dificultad para relacionarse verdaderamente de una forma íntima, aparentando estar siempre bien…

 

Los vínculos, nos hacen quienes somos.

-B

Equilibrio

«El equilibrio no significa evitar conflictos, implica la fuerza para tolerar emociones dolorosas y poder manejarlas. Si disociamos excesivamente las emociones dolorosas restringimos la personalidad y provocamos inhibiciones variadas. De esto se desprende que la salud mental no es compatible con la superficialidad, puesto que ésta se vincula con renegación del conflicto interior y de las dificultades externas. Se utiliza la renegación de manera excesiva porque el Yo no es suficientemente fuerte para tolerar el dolor».

 

-Melanie Klein.

Divagando: Quédate contigo

«Quédate con quien se desviva por hacerte feliz».

Lo leí en alguna red social, vi los miles de Likes que tenía, casi sentí cómo mi cerebro explotaba hemisferio por hemisferio. Si, de verdad hay gente que piensa eso. Pude imaginar a miles de personas emocionadas con esa frase, anhelando verdaderamente llegar a encontrar alguien así. Imaginé a cientos de personas molestos con sus parejas actuales porque no sienten que algún día llegarán a ser como desean, o bien, deseando, absurdamente, que algún día lleguen a eso, desperdiciando su tiempo, su conciencia.

Hola, bienvenido a ésta sociedad. Una sociedad que vende un ideal que roza lo patológico. Y lo hace realidad.

¿Cómo lo defino? Creo que necesito saber mil cosas más para poder llegar a una definición propia.

Quizá Bowlby lo hablaría como el resultado de una patología del apego durante los primeros años de vida, además de la influencia psicosocial en la vida del individuo y los ideales distorsionados de la misma.

Quizá Klein lo hablaría como el resultado de una patología en la relación objetal durante los primeros años de vida del sujeto.

Y si me voy aún más atrás, quizá Freud lo vería como una fijación en la etapa de elección de objeto de tipo narcisista, llegando a una perversión (una definición diferente a la que hoy en día le damos).

Quizá, desde la teoría psicoanalítica del Self, se vería como un desarrollo no adecuado del Self, donde se percibe el sujeto como incompleto y buscará en Otro algo para completarlo, una situación como el reflejo en el espejo… ¿Quizá?

¿Tiene sentido?

La única persona que te va a hacer feliz es tú mismo/a. Sí, otra persona puede ser un factor importante en nuestras vidas, pero no el factor determinante de la felicidad. Nadie va a «desvivirse» por hacernos feliz, así como nosotros no desperdiciaríamos nuestra vida entera, desviviendonos por la felicidad de Otro. Así de simple.

-B

 

 

Divagando: 14/06/17

Te pierdes en el tiempo, te preguntas si será suficiente, si es lo mejor para ti. Lo cuestionas todo, una vez más. Y el tiempo jamás se detiene, nunca lo hará. Y lo desperdicias, TU tiempo, como si no supieras que somos finitos, que no tenemos la certeza de nada.

Y todo está en tu cabeza. Finalmente, la vida es una figuración de nuestra percepción.

-B

Ponle tu responsabilidad 

¿Has cometido el error de asumir?

Yo sé que sí. Todos lo hemos cometido…

Quizá, solo quizá pensamos que todo está bien, que lo tenemos seguro, una situación, un trabajo… una persona.

No creo que se trate de vivir en desconfianza, con la angustia rebasándonos la respiración.

Es darle la importancia a cada aspecto, trabajar en ello. No asumir que ahí estará para cuando nos plazca. Nada nos pertenecerá por completo, pero sí podemos trabajar en ello, darle nuestra atención un momento. Nada está seguro, o al menos eso creo.

-B

Extracto de un libro que jamás escribiré

Tenía la certeza de una sola cosa en su vida, quería olvidarse de todo el universo entero, volverlo a inventar y hacerlo bien, mejor. Soñaba con comenzar de nuevo, lo anhelaba. Pero sabía que no era suficiente. Jamás era suficiente.

Aún no era fin de semana, pero no le importó, abrió una botella de vino y se sirvió una copa. Estaba ansiosa, estresada. Sentía que le faltaba el aire, tiempo, un poco de vida quizá. Se puso a caminar, dando vueltas en la sala de su casa, pensando, después tratando de detener sus pensamientos, distrayéndose, volviendo al principio de todos sus errores.

Volvió a servirse más vino. Bebió un poco más rápido. Pudo sentir cómo la ansiedad subía por todo su cuerpo, por sus brazos, su abdomen, su pecho. En ese instante, alguien tocó la puerta. ¡Por fin! Abrió la puerta y contuvo con toda su fuerza el impulso por abrazarlo. ¿Realmente lo quería abrazar? Quizá se trataba de la costumbre, del pensamiento que “así tenía que ser”. Quizá incluso en el fondo ni siquiera quería verlo. Lo miró a los ojos y se dio cuenta que estaba muy enojada con él, lo odiaba un poco, se odiaba a sí misma, al universo entero. Sí, era culpa del universo por haberla puesto ahí, por haberle puesto esas situaciones que, sencillamente, no tenía la capacidad de sobrellevar. ¿Alguien allá arriba la odiaba tanto, de verdad? ¿Por qué a ella, por qué siempre a ella?

Entraron los dos lentamente a la casa, se sentaron en los sillones que alguna vez habían escogido juntos tan alegremente. Ahora le parecían feos, de mal gusto. A ella jamás le habían gustado del todo, accedió a comprarlos al ver la emoción en su cara, nunca podía negarse con él. Nunca pudo. Pensó ahora en aquello. ¿Realmente así habían sido los cuatro años de su relación? Supuso que efectivamente así habían sido. Recordó la primera cita que tuvo con él. Ella esperaba con toda la emoción que su pequeño cuerpo le permitía experimentar. Él había tocado la puerta y lo primero que dijo es que irían a determinado lugar, a lo que a ella no le encantó del todo la idea. Pero no dijo nada. Lo había dicho con tal orgullo en su voz, como si hubiese hecho la gran “hazaña” de su vida por haber escogido el lugar más perfecto en el mundo para ellos dos.

-B

Divagando: la negación a la aceptación es más evidente

¿Tienes, por lo menos, una mínima conciencia sobre la contradicción entre tus ideales y el patrón de comportamiento que llevas en tu vida?

Y el síntoma se hace evidente… Y la negación a aceptar el síntoma como tal es más evidente.

 

¿Cómo dices que piensas que se debería llevar a cabo la vida? Está bien, somos libres de pensar lo que deseemos, de crear y transformar ideales sobre nuestro propio futuro. Pero la libertad también conlleva un proceso interno, no únicamente la realización de algo en el mundo externo, ajeno a nosotros mismos. Es la sintonía, el equilibrio. Todo se reduce al equilibrio, ¿no es así?

Tus ideales ahí están, algo claros, algo definidos. Pero entonces vemos tus acciones, tu comportamiento, lo que realmente haces al ignorar tu pensamiento. Se contradice todo. Ni siquiera entiendes lo que sucede en tu vida. Hay tantos síntomas psíquicos como somáticos (físicos). Pero de igual forma le encuentras una excusa, dada la incapacidad para verte a tí misma en el espejo.

Acusas al universo, a las circunstancias, a un sinnúmero de personas a tu alrededor. A mí. Tu hermana. Todo está mal, todo es terrible e irremediable, menos tú. Eso piensas.

Casi parece ridículo escucharlo desde fuera, dramático.

A un paso del delirio, de la fragmentación.

O bueno, quizá exagero.

-B